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Redactor
Miércoles, 11 de julio de 2018
MOSTAZAL SOCIEDAD

LA VIEJA CALLE SAN FRANCISCO

FERNANDO CIFUENTES LÓPEZ

Quiso hoy salir a caminar la vieja calle San Francisco… La calle triste, le llamo yo. Parada allí, en la intersección con la avenida Independencia, dirige su mirada hacia el poniente. Las hojas entre amarillentas y rojizas tapizan el suelo oscuro, producto de una casi reciente llovizna. Los plátanos orientales añosos y grises, dispuestos a ambos lados entre calzada y vereda, parecen manos de innumerables y largos dedos dirigidos al cielo que es azul y diáfano en aquella cálida tarde de otoño. Ha elegido la vereda norte la vieja calle, que otrora fuese “De Purísima”, para iniciar su camino. Al fondo, la majestuosa parroquia parece una escenografía amarillenta recortada y pegada encima de los cerros cercanos y oscuros que son el límite poniente del amado pueblo. En la blanca cruz con timón de campanario se han estacionado unas cuantas palomas que han querido encontrar en la altura, una mayor tibieza del regordete sol que ya ha trazado su camino en busca del mar donde espera dormirse. La calle inclina su cabeza hacia adelante en la punta de los durmientes de la vía férrea y mira hacia el norte primero y luego hacia el sur. Cuando comprueba que ningún convoy viene por sus brillosos y gastados rieles, de cuatro o cinco saltos va a posar sus pies a la también añosa calle Manuel Montt del barrio Chuchunco, que antes se llamara Santa Isabel. Allí, la calle parece una perspectiva dibujada por un escolar que aun no sabe tomar bien sus lápices. Las casas de la vereda sur parecen irse hacia atrás y la calzada angustiosamente se ve sola, carente de todo lo que pudiese dar un ápice de vida. No hay niños jugando como en otros barrios… En verdad, sí es la calle San Francisco la más triste de mi querido pueblo. Aquí ha escogido la vereda sur para continuar su viaje porque es más luminosa y tibia. La del frente es sombría y fría. Un alto muro gris la priva de los beneficios del sol. Detrás de esos muros se ocultó por muchos años la alegría de carreras y juegos de centenares de niños y jóvenes del hoy desaparecido Colegio Franciscano que mantuvieron allí los frailes de la Orden. Frente al número 186 se ha detenido la calle para intercambiar unas cuantas palabras con cuatro viejos que se han asomado llamados por la curiosidad y por el leve calorcito que les pueda entregar el sol a sus gastados huesos. Es el Hogar de Ancianos San Rafael.


Ahora se ha detenido frente a la calle San Luis, la que unos cuantos metros más al norte, cruzando con cautela la calle Arturo Prat, que fue la primera en llamarse “San Francisco”, irá a caer a las aguas del Estero Troncó, que sereno, corre a encontrarse con el moreno y algo corpulento estero Codegua que viene desde el sur. También es solariega la calle San Luis, pero no parece tanto porque el sol allí tiene un mayor desplazamiento y la hace más luminosa. Aquí la calle triste tiene una pendiente que la hace detenerse en la calle San José, que ya no es la misa del ruido y movimiento a la de otros años, cuando era el camino obligado para llegar a la granja avícola La Cartuja, desaparecida por acuerdos del mundo de inversionistas que uno no alcanza a comprender. El pueblo si sufrió con todo aquello porque la palabra cesantía se sentó a vivir en muchos hogares humildes por largo tiempo. La calle San Francisco se ha detenido en el viejo y deteriorado puente de madera que cruza al estero Codegua donde se inicia el asenso a los cerros que conforman la pre cordillera llamada “De Cantillana”. Baja a lavarse en él sus pies cansados… El lucero del atardecer le señala la hora de regresar y con la calma de una vieja, deshace el camino recorrido. El campanario de la parroquia metaliza y multiplican el llamado a la misa de la tarde. Una veintena de palomas se agregan a él, con el batir de sus ágiles alas. La calle triste del pueblo ha venido a cobijarse entre unos viejos rosales del templo para pasar allí la noche que se avecina silenciosa, melancólica y fría.

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